jueves, 25 de junio de 2009

Capítulo 7: La nueva utopía


Frente al oscurantismo de la edad media y la sangre azul de los nobles, quienes no trabajaban -y por ello mismo en sus pieles pálidas y traslúcidas se les veían las venas azules-, explotadores de pueblos adormecidos y atemorizados por una religión, que si bien personificó a Dios en un hombre del pueblo, olvidó la comunidad, la cooperación y la solidaridad…Frente a esa realidad, irrumpe el capitalismo, henchido de racionalidad y con sujetos para llevar adelante el proyecto: la burguesía. Con principios e ideas fuerza aglutinantes: libertad, igualdad y fraternidad, muy útiles para atraer a los trabajadores. Armados con la ciencia y la tecnología para llevar adelante la materialización de su utopía. Y finalmente, para hacer posible la convivencia pacífica: la democracia y la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. ¿Qué más podían desear los burgueses, si contaban hasta con la ira de los pueblos trabajadores y oprimidos?

El socialismo pensó encontrar en el proletariado al sujeto de una nueva utopía social. En el colectivismo, la solidaridad y la unidad, las ideas fuerza aglutinantes de una nueva utopía. En el desarrollo científico y tecnológico las posibilidades de la reproducción material. En el materialismo la base filosófica. Y en la democracia popular y en el vanguardismo de un partido, la forma de convivencia social. Esta nueva experiencia histórica entusiasmó y esperanzó a una parte del mundo y a la otra la atemorizó. Sin embargo aquello no duró mucho tiempo. El socialismo a la soviética se derrumbó: los proletarios fueron reemplazados por el partido y éste por la burocracia como sujetos del proyecto. La falta de libertad y de respeto al individuo, como la crisis de principios éticos y la carencia de normas morales y religiosas, aligeraron el derrumbe de aquella, tierna aún, organización socioeconómica de finales del segundo milenio.

El capitalismo sigue vivo y parece contar con buena salud, al menos, eso piensan sus partidarios. Pero en ¿qué se han transformado aquellas ideas del capitalismo primero? ¿Qué significado tienen ahora las palabras: libertad, igualdad y fraternidad? Parecen categorías huecas, vaciadas de sus contenidos originales. Existe libertad para las mercancías y las empresas, pero no para los trabajadores, para los pobres que son mayoría. La igualdad se ha convertido en desigualdad abismal y espantosa entre los habitantes de los diferentes países y entre el norte y el sur, la diferencia es aún mayor. La fraternidad se ha borrado del lenguaje y la poca fraternidad que queda está usada en un sentido muy ajeno al inicial. Si acaso se habla de fraternidad es entre los hombres de negocios, con lo cual se desdibuja su sentido primigenio y adquiere un contenido clasista que le es ajeno y resulta repugnante. Los sujetos de la historia capitalista, ya no son siquiera los burgueses en general, sino aquellos de las empresas transnacionales. La ciencia y la tecnología están a su servicio y fruto de las mismas son: las vacas locas en los países desarrollados y la contaminación y la depredación ambiental en el mundo entero. Además del hambre, por supuesto. Por eso, aparecen personajes tan disímiles, pero a la vez tan semejantes, como Joseph Bové, Marcos, Marulanga o Lula, por mencionar algunos de los más conocidos, denunciando al sistema y proponiendo alternativas sociales.

La democracia electoral se ha convertido en una pésima obra de teatro que se representa cada cierto tiempo y a la cual asisten cada vez menos personas, porque ya no se cree que votando se puedan cambiar algo las cosas. Porque cada vez se sabe mejor que quienes controlan el poder, no son ni siquiera los gobernantes, sino las empresas transnacionales. Y si eso es así en las entrañas del imperio que puede esperarse en los países comparsas y en los satélites. La corrupción domina a los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial y a todas las instituciones que de ellos se derivan. En un mundo dominado por las mercancías hasta las conciencias tienen un precio y siempre hay quien pueda comprarlas y las ansias por tener cambian hasta los que alguna vea tuvieron sueños libertarios. Hambre, delincuencia y corrupción son los grandes frutos del capitalismo. La crisis ética en el sistema es muy propia de los imperios a punto de colapsar, así como de la civilización que se está creando a imagen y semejanza del imperialismo norteamericano con la globalización provocada por las empresas transnacionales, dirigida por las instituciones internacionales y alimentada con la doctrina neoliberal.

Cualquiera podría pensar que es sencillamente una locura el siquiera suponer que se pudiera derrumbar un imperio como el norteamericano; sin embargo, cuántos imperios han sucumbido. Apenas un año antes del derrumbe de la URSS, nadie hubiera creído posible que colapsara y sin embargo, la URSS se derrumbó desde adentro, su estructura social estaba tan carcomida que sencillamente cayó por su propio peso.

Los EEUU, seguramente son el imperio más absurdo, más corrupto, más inhumano, más cruel y más poderoso militar y económicamente que jamás haya existido; sin embargo, ello no lo hace inmune a sus propios males, a sus mismas contradicciones y al germen del cambio social que pudiera estarse incubando en sus mismas entrañas sin que los mismos norteamericanos tuvieran conciencia de ello. La Unión Europea y Japón no son muy diferentes que digamos, son tan solo las otras caras del imperio, interconectadas por los intereses económicos de las transnacionales.

El imperio gringo, como el europeo o japonés, adicionalmente, no escapan a las crisis propias del capitalismo y dados los niveles de consumo actuales, una crisis económica profunda, generaría tal malestar social, y profundizaría tanto sus abismales contradicciones sociales internas que, difícilmente podrían sortearlas como lo hicieron en el pasado. Y la crisis económica se avecina. Japón ya la conoce y la Unión Europea, sería arrastrada por la avalancha que ya comienza a tomar forma en la bolsa norteamericana, en los despidos de trabajadores, en la no realización de muchas mercaderías, en la caída de las ganancias de muchas empresas, etc. y con ella, todo el mundo capitalista y no capitalista.

Y la humanidad estaría desprevenida, al menos, esa parte que cree en el capitalismo y en su modalidad neoliberal. Esa que sólo cree en el Dios-dinero, que acude a su templo: el mercado y que sueña tan sólo con tener más y más riquezas. No creen en otra cosa que no sea el Dios-dinero y para hacerlo suyo son capaces de todo y no les importa nada, ni nadie. No les importa la destrucción ambiental, no les importa la miseria, ni la exclusión social de la mayoría de la humanidad. Sus principios se reducen al respeto de la propiedad capitalista y todo está en función de la defensa de la misma: las leyes, las instituciones, las armas, la ideología, los medios de comunicación…Todo!

Sin embargo, entre los pobres, entre los excluidos, entre los marginados del mundo capitalista están surgiendo movimientos sociales con ideas nuevas: se clama por justicia, por dignidad, por seguridad social…Todo eso, que el capitalismo no ha podido, ni podrá nunca darles. Y para conseguirlo hablan y viven la unidad, la cooperación, la solidaridad.

Tienen hambre y padecen de enfermedades propias de los pobres, fácilmente curables o evitables. No tienen acceso a educación formal, pero ello no los convierte en seres sin cultura, entre sus tradiciones guardan una cultura antiquísima. Sus visiones ideológicas comparten algunos valores cristianos, seguramente, por eso, han sido muy receptivos y muy próximos a la teología de la liberación.

Han encontrado que en la organización está su mayor fortaleza y que en su propio trabajo está la solución a sus problemas. No piden limosnas, ni asistencialismo estatal, exigen sus derechos como habitantes del planeta: esto es, acceso a recursos productivos. A poder usar una parte del planeta, así como lo necesitan las distintas especies animales y vegetales en peligro de extinción. El planeta no puede ser solamente de y para los ricos.

Los pobres y excluidos del planeta, quizá no lo saben aún, pero están sentando las bases de una nueva civilización: la del trabajo cooperado, solidario y liberador. Aquel que se realiza con placer, como si se tratara de un juego y por ello, satisface las necesidades del cuerpo y del espíritu.

Han creado movimientos, primaria y fundamentalmente, movimientos sociales y aunque tienen praxis política no buscan convertirse en partidos políticos, desconfían de los políticos y de los partidos, ello les permitirá no ser instrumentalizados por tal casta inútil y parasitaria. Tampoco buscan la toma del poder, para desde allí cambiar la injusta realidad social, sino que la van cambiando con su accionar diario, a la par que desarrollan nuevos valores, que les potencian como seres humanos auténticos. Su humanismo y su respeto por la naturaleza les hace ser los hombres nuevos que el mundo necesita, para que logremos sobrevivir los humanos. Hombres y mujeres marchan unidos comenzando a superar el machismo ancestral.

En realidades diferentes, aunque menos de lo que se pueda pensar, se enfrentan a los mismos problemas: pobreza y exclusión social. Ya sea en México o Centro América, Sur América, Africa, Asia, todo el sur del mundo, se enfrenta a la misma realidad. Y los pobres y excluidos van descubriendo que en la organización social, que en la movilización social, que en la rebeldía social, se encuentran las llaves que pudieran abrirles la entrada a una nueva forma de sociedad donde campeara: la cooperación, la solidaridad, la justicia y la dignidad humana y se conviviera en armonía con la naturaleza.

Por ahora sólo son observables algunos rasgos de esta realidad nueva, pero si miramos con atención y detenimiento, los vamos a encontrar, al menos, en distintos movimientos sociales latinoamericanos, desde los zapatistas en México hasta “los sin tierra” en Brasil, pasando por las comunidades centroamericanas y las organizaciones campesinas andinas.

A esta nueva realidad debían de dedicarle mayor atención los intelectuales de izquierda del mundo, los que seguimos creyendo en la utopía y también los descreídos, seguramente, que encontrarían nuevas esperanzas, nuevas fortalezas.

Esta nueva realidad exige del intelectual nuevas actitudes: la primera, es reconocer el carácter de sujetualidad que tienen los pobres y excluidos; segunda, dejarse enseñar y no pretender enseñarles; tercera, dejarse impregnar por sus valores y no pretender modificárselos; cuarta, descubrir su racionalidad económica y social, su lógica de vida; quinta, respetar su naturaleza de movimiento social; sexta, revisar nuestras visiones ideológicas y adaptarlas a la nueva realidad y no pretender adaptar esa realidad a nuestros esquemas.

Estos movimientos sociales exigen acompañamiento, de no ser posible una integración plena como la realizada por Marcos, ayuda científica y técnica pero adaptada a sus realidades particulares, asistencia económica, sistematización y divulgación de las múltiples experiencias, etc. Igual exigencia se plantea a las ONGs que colaboran en estos procesos y gracias, a los apoyos de algunas de ellas, es que comienza a conocerse esta nueva realidad que, a su vez, es una nueva esperanza para los pobres y para los humanos.

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